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La Danza Del Olmo por Joanna Macy |
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Hay una danza en círculo que hacemos en cada taller y clase que enseño, ya sea sobre sistémica, budismo o ecología profunda. La hacemos para abrir nuestras mentes a un mundo más ancho que en el que vivimos y reforzar nuestra intención de participar en su curación. Cada vez que ponemos la música y nos tomamos de las manos, pienso en Novozybkov en el otoño de 1992. Nuestro grupo de cuatro—Fran y yo además de dos rusos—había estado viajando de un pueblo a otro en Bielorrusia y Ucrania, ofreciendo talleres a las personas que vivían en áreas contaminadas por el desastre de Chornobyl. Ahora habíamos llegado a este último pueblo de Novozybkov—una ciudad agrícola y de industria ligera de unos 50,000 habitantes, cien millas al este de Chornobyl, en la región Bryansk de Rusia. Basándonos en lo que habíamos aprendido en años de conducir trabajos sobre desesperanza, habíamos llegado para ofrecer, como dijimos a las autoridades, “herramientas psicológicas para enfrentar los efectos de un masivo trauma colectivo”. A los talleres les habíamos puesto el título Construyendo una Fuerte Cultura Post-Chornobyl. El nombre tenía una buena sonoridad soviética, pero rápidamente me di cuenta que la palabra “post” era un error. “Sugiere que ya ha pasado el desastre”, le dije a Fran, “pero ya es obvio que no ha pasado. Se recompone a sí mismo con el tiempo en círculos viciosos, en lazos de retroalimentación positiva.” La radioactividad todavía estaba siendo desparramada silenciosamente por el viento, el agua, la comida, creando nuevas toxinas al mezclarse con la contaminación industrial y enfermando a los cuerpos debilitados por exposiciones anteriores. Nuestros talleres, pronto nos dimos cuenta, no estaban para ayudar a la gente a recuperarse de una catástrofe pasada, sino para vivir con una presente. Harasch fue quien insistió que viniéramos a Novozybkov. Un psicólogo ruso que trabajaba en Moscú, había volado a Chornobyl pocas horas después del accidente, para dar apoyo a los operadores del reactor condenado. En los siguientes seis años, viajó por los pueblos a lo largo y ancho de la región para ayudar a los sobrevivientes, y ninguno lo había conmovido tanto como esta ciudad y su suerte. En el tren, mientras nos dirigíamos en dirección este, de Minsk hacia la frontera rusa, sacó el mapa y nos contó una vez más la historia. El reactor ardiente era un volcán de radiactividad cuando los vientos cambiaron en dirección hacia el noreste, llevando las nubes de humo contaminado en dirección de Moscú. Para salvar a millones en el área metropolitana, se tomó rápidamente la decisión de sembrar a las nubes para hacerlas precipitar. Una lluvia inusualmente fuerte a fines de abril, que transportaba grandes concentraciones de yodo radioactivo, estroncio, cesio y partículas de plutonio, empapó los pueblos y campos y bosques de la región de Bryansk, al otro lado de la frontera rusa frente a Chornobyl. Las señales más altas medidas por el contador Geiger eran, y todavía son, las cercanas a la ciudad agrícola y de industria ligera de Novozybkov. “No les comunicaron la decisión de su gobierno—¿quién quiere decirle a la gente que son prescindibles? Ahora es bien conocido que las nubes fueron sembradas, pero es raro que esto sea mencionado. Y ese silencio también es parte de la tragedia de la gente de Novozybkov.” En el amplio salón de una escuela de educación especial, cincuenta personas de Novozybkov, principalmente maestros y padres, en su mayoría mujeres, estaban sentadas en un gran círculo. Cuidadosamente, casi formalmente vestidos, se sentaron derechos, sus ojos clavados en el orador, y se ponían de pié para hablar, del mismo modo que los niños se ponen de pié en la escuela cuando les piden que reciten. Mientras explicaba la naturaleza y propósito del trabajo que íbamos a hacer, agradecía las traducciones rápidas y coherentes de Yuri. Un joven médico y activista social, había usado bastante mis libros en Moscú, y tenía sus propias opiniones sobre cómo la gente puede sobreponerse a sus sentimientos de aislamiento e impotencia, y reconectarse para hacerse cargo de sus vidas. Fran murmuraba en mi oído para que yo pudiera interpretar lo dicho en ruso sin más demoras. Para mediados de la mañana, ¡habían habido tantas palabras! Me sentí contenta de descansar de ellas cuando puse la cinta de la Danza del Olmo y les enseñé sus simples pasos. Nos tomamos de las manos y nos movimos al compás de la música. Los cincuenta y cuatro que estábamos en el salón éramos demasiados para bailar en un solo círculo, de manera que formamos anillos concéntricos. Los movimientos son fáciles de aprender y pronto los anillos estaban orbitando lentamente al compás de la música, y cada vez que nos movíamos hacia el centro, levantando bien arriba nuestras manos tomadas, parecíamos un girasol gigantesco, o una flor de loto con muchos pétalos. Mientras bailábamos me preguntaba que pensaría al vernos el alcalde de Novozybkov. Nuestro equipo lo había visitado el día anterior para explicarle lo que habíamos venido a hacer. El apuesto y corpulento hombre de unos cuarenta años escuchaba con atención. “Es muy bueno de ustedes el que hayan venido a hacer rehabilitación psicológica”, dijo. Ése era el término de moda en aquellos tiempos: rehabilitación psicológica. Estaba contenta de que el costo emocional del desastre fuera por fin admitido por las autoridades, sobre todo porque, en los tres años que siguieron al accidente, el Ministerio de Salud había ordenado a los médicos a decir que no tenía efectos. Cuando la gente insistía en que sus enfermedades y su agotamiento, sus cánceres, los bebés que perdían o que nacían deformes, tenían algo que ver con Chornobyl, se les diagnosticaba que padecían de “radiofobia”, un miedo irracional a la radiación. A pesar de eso la frase “rehabilitación psicológica” me molestaba; la consideraba una ofensa a la gente de Chornobyl. Reducía su sufrimiento a una patología, como si fuera algo que debía ser corregido. ¿Cómo podía hacerle ver al alcalde las diferencias básicas entre nuestros puntos de vista? “Sr. Alcalde, nosotros no creemos que podamos quitarle el sufrimiento a su gente”, le dije. “Eso sería arrogancia de nuestra parte. Pero lo que sí podemos hacer es ver juntos a las dos formas principales en que respondemos al sufrimiento colectivo. El sufrimiento de la gente puede generar una fuerza y una solidaridad nuevas. O puede engendrar aislamiento y conflicto, enfrentando a unos contra otros. Siempre hay una opción.” Al escuchar eso, el comportamiento del alcalde cambió completamente. Reclinándose en su silla, puso sus manos sobre la mesa y dijo, “No pasa un solo día, no hay ni un solo encuentro en esta oficina, que no revele el enojo que se agita por debajo de la superficie. Independientemente del asunto que se esté tratando, existe este enojo a duras penas contenido, listo para explotar.” Luego, después de una pausa agregó, “Díganme si es que hay algo que pueda hacer para apoyar su trabajo aquí.” Sin embargo, en el primer día del taller resultó claro que esa gente tenía muy pocas ganas de hablar del desastre de Chornobyl y su presencia corriente en sus vidas. Se referían a él, de pasada, como “el evento”, y procedían a hablar de otras cosas. La gente de pueblos menos contaminados que éste nos habían hablado con detalles del agotamiento, de las infecciones crónicas, de los patrones en aumento de cáncer y defectos de nacimiento. Ahora habíamos llegado al lugar más tóxico de todos, para estar con esa gente en su sufrimiento, y no querían hablar de eso. Incluso una pareja casada que se turnaban para salir en la mañana o en la tarde, no dijeron ni una sola palabra sobre su pequeña niña en el hospital, a cuyo cabecera acudían apurados. El silencio del grupo parecía decir: “No necesitamos hablar de esto. Tenemos que lidiar con esta pesadilla el resto de nuestras vidas. Aquí, por lo menos, podemos pensar en otra cosa. Podemos buscar juntos como lograr cierta salud mental y armonía en nuestra vida familiar.” En eso, eran bien explícitos. Querían saber como lidiar con hijos desafiantes, hoscos cónyuges ausentes, vecinos difamadores. Harasch se inclinó sobre mí. “Es todo lo mismo—Chornobyl. A nivel consciente, Chornobyl pasa a ser tensión y conflicto en las relaciones familiares.” De acuerdo, nos enfocaremos a la vida familiar. Había mucho entusiasmo a medida que las personas elegían compañeros para representar encuentros entre padres e hijos, intercambiando papeles, practicando como escucharse unos a otros. Esto les llevó a recordar sus propias infancias—no sólo las frustraciones de adolescentes que les podrían ayudar a tener empatía con sus propios hijos, sino también los buenos tiempos. Compartieron recuerdos de las temporadas de cosecha con sus abuelos, y fiestas de trineo, y salidas al río Dniéper a pescar. Se sentía tan fortificante—como si estuviéramos juntos compartiendo una comida excelente y saludable—que Fran estructurara más ejercicios para que pudieran recordar juntos las viejas fuentes de alegría. ¿Por qué parecía esto tan importante? “Estamos fortificando nuestro sistema inmunológico”, pensé primero para mí misma, y luego lo dije en voz alta. Del mismo modo que la radiación ataca la integridad de nuestro cuerpo, también toma por asalto nuestra sociedad, erosionando su sentido de unidad y continuidad. Para reforzar nuestro sistema inmunológico, necesitamos recordar quiénes somos y las fuentes de nuestra fortaleza; los recuerdos nos ayudan a hacer eso, ¿verdad? Cae la tarde y, antes de separarnos para ir a casa, estamos bailando una vez más en círculos al compás de la música. Ésta viene de la guitarra y canto de una mujer. Canta en letón en honor del olmo y su esperanza de que sane, ya que ese árbol está enfermo en el Báltico como lo está en mi propio país. Sus palabras, me explican, esconden también otros significados—un llamado a la liberación de la ocupación soviética, y a la voluntad de aguantar y resistir. No importa que no sepamos letón; bailamos al canto alegre de su voz, y a la melodía hechizante, majestuosa y llena de añoranza. Para ahora, los sencillos pasos son tan familiares que algunas personas están bailando con los ojos cerrados. Sus caras parecen estáticas, como si escucharan a algo casi fuera de su alcance. Alguna vez tuvieron sus propias danzas folklóricas. ¿Cuándo es que desaparecieron esas viejas tradiciones, relegadas a un pasado inútil? ¿Fue en tiempos de Lenin, de Stalin? Nuestros anfitriones, de Fran y míos, viven en un departamento en el cuarto piso de un conjunto habitacional de concreto. Una de las paredes de la sala está cubierta por una hermosa escena de bosque: la luz del sol parpadea a través de los abedules hacia un claro lleno de pasto. En esa habitación repleta de muebles voluminosas, ese paisaje empapelado brinda un sentimiento refrescante de espacio y de belleza natural. Hice comentarios sobre eso aquella tarde, mientras tomaba té con Vladimir Ilyich, el padre de nuestro anfitrión y superintendente de la escuela de Novozybkov. Sentado allí junto con su nieto de diez años de edad, me estaba mostrando el contador Geiger que lleva en su auto; le indica donde ha reaparecido el veneno, y donde decirle a los niños que no jueguen. Siguiendo a mis ojos, Vladimir Ilyich dijo: “Allí es donde no pueden ir los niños—ni cualquiera de nosotros, en realidad. Mira, los árboles siguen radioactivos durante mucho tiempo. Nuestros antepasados eran del bosque. Durante la ocupación nazi, nuestros partisanos lucharon desde el bosque. Aún en los tiempos más duros en la época de Stalin, íbamos al bosque cada vacación, cada fin de semana—caminando, haciendo picnics, buscando hongos. Sí, siempre fuimos gente del bosque.” Y repitió suavemente, “gente del bosque”. Le pregunté, “¿Cuándo podrá regresar al bosque?” Con una pequeña sonrisa cansada se encogió de hombros. “Nunca más en mi vida”, dijo, y mirando a su nieto agregó, “ni en el resto de su vida tampoco. ” Luego hizo un gesto señalando el empapelado. “Éste es ahora nuestro bosque.” Es la segunda mañana de nuestros tres días juntos, y la gente que entra al salón de juntas de la escuela se toman de las manos y, antes de que se pronuncie ninguna palabra, comienzan la Danza del Olmo. En uno de cada cuatro compases, entre el moverse a la derecha o a la izquierda, hacia adelante o hacia atrás, nos detenemos durante cuatro tiempos, meciéndonos suavemente. A mis ojos en esta mañana, podríamos ser árboles, troncos esbeltos balanceándose desde la firmeza de sus raíces, y nuestros brazos, cuando los levantamos, parecen las ramas que se juntan, se entrecruzan. ¿Estamos bailando por los bosques a los que ya no podemos ir? Mientras giro en círculo al mismo paso que los demás, recuerdo las conexiones que me trajeron a esta danza—como me vino de Hannelore, mi amiga en Alemania, quien la recibió de Anastasia, su amiga alemana, quien la creó a partir de una canción letona. La danza no es sólo para sanar el olmo, Anastasia le dijo a Hannelore quien me lo dijo a mí. Es sobre intención. Sirve para reforzar nuestra capacidad de elegir un propósito, y de seguirlo a través de la decisión que han hecho nuestros corazones. Escucho en mi mente las enseñanzas de Khamtrul Rinpoche sobre la importancia suprema de la motivación, el bodhicitta.(1) También recuerdo a Océano de Sabiduría—la intención resplandeciente que él personificaba, mientras caminaba sonriendo hacia la pobreza y el peligro. Y pienso: ésta es una danza de bodhisattva. (2) Esa tarde se desató el desconsuelo. Ocurrió inesperadamente, al finalizar un recorrido guiado en el que invité a esas personas de Novozybkov a conectarse con sus antepasados y cosechar sus fuerzas. Parándose y comenzando a moverse dentro de la habitación, como en una enorme rueda que gira, regresaron en el tiempo a través de todas sus generaciones pasadas. La voz de Yuri guiándolos enriquecía mis palabras. Luego avanzaron a través del tiempo, retomando sus pasos para juntar, para su propio uso presente, los regalos de sus antepasados. Pero en ese viaje de regreso, cuando llegamos al año 1986, se detuvieron repentinamente. No querían avanzar más hacia el presente. Se negaban a aceptar el horror de lo que les había ocurrido entonces—y esa misma negativa los obligó a hablar de ello. Las palabras explotaron, liberando recuerdos de aquella primavera inaceptable—el viento caliente y abrasador del sudoeste, la ceniza blanca que cayó de un cielo claro, los niños corriendo y jugando en ella, la lluvia torrencial que siguió, los rumores, el miedo. ¿Recuerdas como fue? ¿Recuerdas, recuerdas? Nuestro equipo había puesto papeles y lápices de colores para que la gente dibujara los regalos que habían cosechado de sus antepasados, pero ahora había un solo tema. Muchos de los dibujos tenían árboles, y un camino hacia los árboles, y una barrera atravesando ese camino, o una X enorme, bloqueando el paso. Cuando finalmente nos reagrupamos en un gran círculo, las emociones positivas que se habían estado formando desde el comienzo del taller rompieron en enojo, dirigido a mí. “¿Por qué nos has hecho esto?” gritaba una mujer. “¿De qué nos sirve? Estaría dispuesta a sentir la tristeza—toda la tristeza del mundo—si eso pudiera salvar a mis hijas del cáncer. Cada vez que las veo me pregunto si les van a crecer tumores dentro de sus pequeños cuerpos. ¿Mis lágrimas pueden protegerlas? ¿De qué sirven mis lágrimas si no pueden hacerlo?” Declaraciones de enojo, de desconcierto, vinieron también de otras bocas. La habíamos pasado tan bien hasta este momento, una tregua muy bienvenida de aquello en lo que se habían convertido sus vidas; ¿por qué lo había echado a perder? Escuchándolos, me sentí profundamente castigada y me culpé en silencio por mi falta de sensibilidad. ¿Qué podría decir, ahora? Hablar sobre la importancia del trabajo sobre desesperanza sería obsceno. Cuando finalmente rompí el silencio que siguió a la gran explosión de emociones, me sorprendió que las palabras que salieron no eran sobre ellos o su sufrimiento con Chornobyl, sino sobre las gentes de Hannelore y Anastasia. “Carezco de la sabiduría que pueda hacer frente a su dolor. Pero puedo compartir esto con ustedes: Luego de la guerra que casi destruyó a su país, los alemanes tomaron la decisión de hacer lo imposible para librar a sus hijos del sufrimiento que ellos habían conocido. Trabajaron duro para darles una vida segura, en abundancia. Crearon un milagro económico. Le dieron todo a sus hijos—salvo una cosa. No les dieron sus corazones destrozados. Y sus hijos nunca se lo han perdonado.” La mañana siguiente, al sentarnos luego de la Danza del Olmo, sentí alivio de ver que los cincuenta que éramos estaban todavía allí. Detrás nuestro, pegados aún en las paredes, estaban los dibujos de la tarde anterior, los bosquejos de los árboles y las X que impedían el paso hacia ellos. “Ayer estuvo duro” dije. “¿Cómo están ahora?” La primera en pararse fue la mujer que había expresado el enojo más fuerte, la madre de dos hijas. “Casi no pude dormir. Siento como que mi corazón se está rompiendo. Quizás se siga rompiendo una y otra vez cada día, no lo sé. Pero de alguna manera—que no puedo explicar—siento que está bien. Esta rotura me conecta con todo y con todos, como si fuéramos las ramas de un mismo árbol.” De los otros que hablaron después de ella en esa última mañana, al que recuerdo más claramente fue un hombre que reconocí como el padre que salía regularmente para visitar a su pequeña hija en el hospital. Era la primera vez que se dirigía al grupo entero, y su aspecto era tan insensible, su cara tan inexpresiva, como siempre. “Sí, fue duro ayer” , dijo. “Duro el mirar el dolor, duro el sentirlo, duro el hablarlo. Pero la manera en que se siente hoy—es como estar limpio, para primera vez en un largo tiempo.” La palabra que usó para decir limpio, chisti , también quiere decir incontaminado. Cuando fue mi turno, hablé de la reunión a la que asistiría la semana siguiente en Austria, la Audiencia Mundial sobre el Uranio, donde los nativos de todas partes del mundo testificarían sobre sus experiencias de contaminación nuclear. Irían mineros navajos y de Namibia, de las Islas Marshall en el Pacífico, de Kazajstán, del Shoshone Occidental en Nevada a sotavento de los sitios de pruebas nucleares, y muchos otros más, a hablar sobre las enfermedades y la muerte a que llevan la búsqueda del poder nuclear y la producción de armas. Yo quería que ellos supieran que no estaban solos en su sufrimiento, sino que eran parte de la inmensa red de hermanos y hermanas dispuestos a usar su experiencia dolorosa para ayudar a restaurar la salud de nuestro mundo. “En la audiencia, yo hablaré de ustedes en Novozybkov, y contaré su historia a mi gente al regresar a casa. Lo prometo.” Hice esa promesa porque ya los amaba, y sobre todo porque sabía que se sentían olvidados por el resto del mundo, que prefiere pensar que el desastre de Chornobyl ha terminado. A medida que pasan los años desde ese fatal abril de 1986, se puede borrar la catástrofe de nuestra conciencia tan fácilmente como las excavadoras arrasan con las casas de madera de Novozybkov, con sus puertas y ventanas pintadas y labradas, porque, como dijo Vladimir Ilyich, “la madera retiene la radioactividad”. Y ahora, cuando su gobierno sigue construyendo más reactores, les puede parecer a estas familias que no se ha aprendido nada de todo este sufrimiento. Y eso puede ser lo más duro de todo. He cumplido la promesa que les hice a mis amigos en Novozybkov. Hablé sobre ellos en la Audiencia Mundial sobre el Uranio, y luego también lo hice con cada grupo con que me he encontrado. Pronto estaba compartiendo su historia al compartir la Danza del Olmo que ellos aman. En Boston y en Londres, en Bonn, en Vancouver, en Tokio y en Sydney, y en todos los otros lugares donde lideré talleres, les pedí a las personas que se imaginen que están bailando con los hombres y mujeres de Novozybkov y que las manos que sostienen son las manos de Vladimir, de Elena, de Olga, de Igor, de Misha. He querido que sientan, más fuertemente que lo que pueden sentir exclusivamente a través de las palabras, cómo sus vidas se entrelazan con las personas de Chornobyl. En este proceso, la Danza del Olmo parece haberse convertido en un maestro por su propio derecho, por su propio impulso. Siendo un baile de intención, nos ayuda a fortalecer nuestra determinación, no sólo por el bienestar de los que viven cerca de Chornobyl, sino también para curaciones que abarcan mucho más. Y se ha hecho costumbre, en el última mitad del baile, convocar espontáneamente los nombres de aquéllos cuya curación deseamos—el salmón, las secoyas, el humus, las escuelas, las prisiones, Bosnia, la Amazonía. Entrar al baile entonces es como entrar en una especie de red neuronal en la cual podemos experimentar nuestra interconexión con todos los seres. O es como una sónica Red de Indra, que nos permite sentir nuestra mutua pertenencia y cómo ésta puede sostenernos. No necesitamos decir esto, sin embargo. El baile lo dice por nosotros, cuando dejamos de hablar y formamos un círculo, dando pasos que parecen recordarse a sí mismos. Después, se hacen más copias de la cinta y son llevadas a otras personas, a otros lugares—a salones de clase, a iglesias, a lugares de reunión. Incluso a las playas, para que retumbe desde camionetas pick up. “No nos arrestan mientras estamos bailando”, dicen nuestros amigos en Australia que han incorporado la Danza del Olmo a sus acciones directas para proteger lo poco que queda del bosque antiguo y para bloquear la construcción de más minas de uranio. Pero ellos no bailan para evitar ser arrestados, sino para seguir conectados entre ellos y mantener firme su intención—“nos ayuda a recordar por qué estamos haciendo lo que estamos haciendo”. En los bosques sudoccidentales donde acampan, y en la selva húmeda del norte de Kakadu, no hay enchufes para sus tocacintas—y no se necesitan, porque la melodía letona fluye de sus gargantas abiertas. Bajo los antiguos árboles de Karri, el más alto y bello de los eucaliptos, yo los he visto detener una excavadora abrazándola mientras bailan. Y en el centro de Sydney, entre los altos edificios de oficinas, yo he bailado con ellos. En una demostración contra el apoyo de su gobierno al bombardeo de Irak, escuché a los oradores serios y estridentes en el micrófono y agregué también mis propias palabras; pero cuando mis amigos se trasladaron a una plaza cercana, dejaron sus carteles, y unieron sus manos en la Danza del Olmo, pude presenciar lo que pasó con el evento entero. En la muchedumbre circundante, como también en mí, sentí una atención que se profundizaba y calmaba. Los camarógrafos de la televisión que habían empezado a irse regresaron rápidamente, incluso se arrastraron dentro nuestro—que ya éramos unos cuarenta—para filmar desde abajo los patrones que hacíamos al girar y levantar nuestras manos unidas. Los noticiarios de ese día, entre los boletines sobre la guerra, anunciaron y mostraron cómo “la gente está bailando para la paz”. Los aborígenes australianos tuvieron algo más memorable que decir sobre la Danza del Olmo. Fue cuando algunos de nuestros amigos de Perth hicieron una peregrinación a sus tierras ancestrales para protestar por una mina de uranio propuesta. Por ser los dueños tradicionales de los sitios a excavarse, los ancianos nativos habían sido cortejados fuertemente por la industria minera y sus amigos en el gobierno. Las ofertas de trabajos y de dinero, junto con las promesas de que vendría más, los había confundido sobre qué era lo mejor para sus gentes; incluso las advertencias de los activistas anti-nucleares parecían solamente palabras. Pero cuando los peregrinos de Perth llegaron, y los ancianos los vieron hacer un círculo y empezar la Danza del Olmo, sonrieron. “Estos tipos blancos deben saber algo que es real, ya que están bailando.”
Instrucciones para la Danza del Olmo Hacer un círculo con suficiente espacio para moverse, tomándose de las manos. Si son demasiados para formar un solo círculo, hacer círculos concéntricos con aproximadamente un paso largo de distancia entre ellos. No importa en qué momento de la música empiecen a bailar, pero que sea en tiempo. El baile consiste en cuatro tiempos en movimiento, alternados con cuatro tiempos detenidos. Al estar parados, oscilen e imaginen que pueden sentir la energía del corazón de la Tierra que se mueve en espiral a través del suelo hacia adentro de sus cuerpos. Cuando la energía alcance el chacra del corazón, envíenla para la curación de los olmos y de todos los otros seres. Éste es un acto de intención, y Anastasia Geng que creó el baile a partir de la canción letona, dijo que el propósito de la danza es construir una intención fuerte. El círculo se mueve en el sentido opuesto a las agujas del reloj (hacia la derecha). Empiecen siempre con el pie derecho. Comiencen dando cuatro pasos hacia atrás (hacia la derecha). Después de cuatro tiempos parados (meciéndose), los cuatro pasos siguientes son mirando hacia adelante, otra vez moviéndose en el sentido contrario a las agujas del reloj. Luego, después de los cuatro tiempos siguientes en el mismo lugar, avancen cuatro pasos hacia el centro del círculo, levantando los brazos; recuerden quedarse allí, mientras oscilan, durante cuatro tiempos. Entonces den cuatro pasos hacia atrás, alejándose del centro, y sigan en esta forma hasta que la música finalice por primera vez. En el silencio antes de que la música comience otra vez, el líder recuerda a los bailantes que a lo largo de la segunda mitad de la danza pueden convocar por su nombre aquellas partes de nuestro mundo–seres, lugares, instituciones–para las que desean curación.
JOANNA MACY Y SU TRABAJO La Dra. Joanna Macy es una eco-filósofa estudiosa de budismo, sistémica y ecología profunda. Entretejiendo estos hilos ha creado tanto un marco teórico de avanzada para un nuevo paradigma de cambio personal y social, como una poderosa metodología de talleres para su aplicación. Su trabajo de amplia variedad se dirige a los problemas psicológicos y espirituales de la era nuclear, al cultivo de la consciencia ecológica y a una resonancia fructífera entre el pensamiento budista y la ciencia contemporánea. Este trabajo se describe en sus libros Despair and Empowerment in the Nuclear Age (New Society Publishers, 1983), Dharma and Development (Kumarian Press, 1985), Thinking Like a Mountain (compaginado junto con John Seed, Pat Fleming, y Arne Naess; New Society Publishers, 1988), Mutual Causality in Buddhism and General Systems Theory (SUNY Press, 1991), World as Lover, World as Self (Parallax Press, 1991), Rilke's Book of Hours (con Anita Barrows, Riverhead, 1996), y Coming Back to Life: Practices to Reconnect Our Lives, Our World (con Molly Young Brown, New Society Publishers, 1998). El grupo interactivo de trabajo creado por Macy está en la interfaz entre el descubrimiento espiritual y el cambio social. Ayuda a las personas a transformar su desesperación y apatía, ante las agobiantes crisis sociales y ecológicas, hacia una acción constructiva y de colaboración. Estos métodos curativos enseñan una nueva manera de ver el mundo, como la matriz de nuestros propios cuerpos y mentes––una visión que invierte las actitudes que nos han traído al borde de extinción. En los últimos 20 años muchos miles de personas han participado en los talleres de Macy y sus métodos también han sido adaptados para ser usados en otro foros, como la educación, el lugar de trabajo y las organizaciones políticas de base. Joanna viaja ampliamente, dando conferencias, talleres y entrenamientos en Europa, Asia y América del Norte. Madre de tres hijos, Joanna y su marido Francis Macy viven en Berkeley, California. Ella enseña en las siguientes escuelas de posgrado del área de la Bahía de San Francisco: California Institute of Integral Studies, Starr King School for the Ministry, y University of Creation Spirituality. Copias de la historia de la Danza del Olmo [en inglés] y/o la cinta pueden obtenerse de Joanna Macy Intensives, 2812 Cherry St., Berkeley, CA 94705, USA; fax: 510-649-9605. El donativo sugerido es $5.00 por la historia y la cinta. (1) Mente despierta (N.T.) . (2) Ideal budista de santidad. Alguien que desarrolla una mente despierta y compasión imparcial para beneficio de todos los seres (N.T.) . |
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