Mi
experiencia personal de reciente inicio en el camino del Dhamma se inscribe,
por supuesto, en el fenómeno actual de difusión del buddhismo hacia /
en Occidente. Sin embargo, yo soy habitante de "Extremo Occidente",
América Latina, una de las regiones del planeta donde la destructividad
social y ecológica de la civilización capitalista se muestra en toda su
crudeza. La situación de personas como yo seguramente es diferente en
muchos aspectos de la que tienen quienes forman parte del movimiento conocido
como American Buddhism, noción que en realidad no nos incluye, porque
el termino corresponde al uso habitual del nombre en el Norte, según el
cual América es Estados Unidos.
Nuestro subcontinente es una vasta y compleja región que, a pesar de su
heterogeneidad geográfica, demográfica y socioeconómica, es susceptible
de ser identificada como una unidad lingüística, cultural y geopolítica
caracterizada por el subdesarrollo, la desigualdad, la injusticia y la
exclusión social. Desde sus orígenes, la región ha estado sometida a fuerzas
externas, a partir de su fundación e incorporación mediante genocidio
y etnocidio a la civilización cristiana occidental por parte de los colonialismos
español y portugués. Mas adelante en la historia, durante todo el siglo
20, los pueblos de América Latina han sufrido bajo la dominación de otro
poder imperial que en nombre de la democracia, la libertad y el progreso,
ha actuado de las más diversas formas protegiendo sus intereses económicos,
políticos y militares, perpetuando la pobreza mediante el intercambio
desigual, potenciando la opresión a cargo de las elites locales (muchas
veces a través de dictaduras cruentas y terrorismo de Estado), imponiendo
su ideología y concepción del mundo. En ocasiones, ha procedido directamente
a la invasión de países.
En el actual proceso de modernización neoliberal e incorporación subordinada
de América Latina a la globalización en beneficio de las transnacionales,
se ha profundizado la hegemonía cultural estadounidense en la región,
la que sin embargo se expresa casi exclusivamente a través de la McDonaldización,
es decir, la uniformación en la ideología y patrones de comportamiento
propios de un modo de vida patógeno, vacío, sin vínculos sociales genuinos,
caracterizado por el consumismo y el individualismo, y que genera graves
problemas psicosociales. Fenómenos de contestación a esa alienación, banalización
y deshumanización de la existencia que han surgido en los Estados Unidos
no han tenido aún una expansión importante hacia el "patio trasero",
a pesar de la importancia social y cultural que han tenido.
Por ejemplo, aún teniendo educación universitaria completa y formando
parte de un estrato social integrado en la clase media urbana supuestamente
bien informada, hasta julio de 1999 mi ignorancia acerca del buddhismo
era total, lo que probablemente refleja el hecho de que en esta región
periférica la religión cristiana y en particular la Iglesia Católica ha
ejercido históricamente una amplia hegemonía, a pesar de la tendencia
a la secularización que ha acompañado a la modernidad. En esa ocasión
encontré por azar en una librería de la capital de mi país la traducción
española de un texto que parecía dar garantías de tratamiento serio del
tema (1), y que decidí comprar por razones estrictamente de conocimiento
general, en virtud de cierto interés crítico y sociológico que desarrollé
por el fenómeno religioso, desde una perspectiva marxista y atea.
Fue sorprendente descubrir, en contra de mis prejuicios, una tradición
espiritual y ética que me interpretaba plenamente en su apelación a la
moralidad en la práctica personal y social, orientada por principios como
la bondad, la compasión hacia todos los seres sintientes, la no violencia,
la defensa de la vida, la responsabilidad y la pureza, y que partía del
reconocimiento de una realidad tan humana y universal como dukkha. Yo
había atravesado experiencias graves de sufrimiento psicológico (dos episodios
de depresión mayor), a partir de las cuales aprendí que no era fortaleza
suficiente -para soportar la aflicción y el dolor- la visión épica de
mi mismo como integrante de la "gran marcha" libertaria de la
humanidad que fundaría una sociedad nueva y justa, idea que forma parte
del patrimonio ético de la tradición de izquierda, ilustrada por múltiples
y conmovedores ejemplos de reciedumbre moral y resistencia de héroes como
el Che Guevara. Comprendí nuestra vulnerabilidad, nuestra necesidad de
refugio.
Por una parte, el carácter no-teísta del Dhamma, su ausencia de dogmas
o misticismos irracionales y la lúcida explicación contenida en las Cuatro
Nobles Verdades acerca de la existencia del sufrimiento, sus causas y
el camino para la liberación del mismo fueron elementos altamente motivadores
para iniciar este camino de espiritualidad y tomar refugio en el Buddha,
en el Dhamma y en la Sangha. Probablemente por las mismas razones me dí
cuenta rápidamente de que me sentía más cerca de la tradición Theravada,
cuyas sencillez y persistencia milenaria me fascinaron, y próximo también
a un buddhismo escéptico, que no requiere la creencia en seres sobrenaturales
ni en una interpretación del renacimiento contraria a la biología.
Junto a todo esto, fue decisivo para mi conversión el hecho de descubrir
la existencia del buddhismo socialmente comprometido. Yo crecí en un país
del Tercer Mundo que vivía la tragedia de una dictadura cruel que mediante
la violación sistemática de los Derechos Humanos, la manipulación ideológica
y la exaltación del consumismo procedía a la refundación neoliberal del
capitalismo, tarea en la que tuvo éxito al generar una sociedad profundamente
fragmentada e insolidaria, subordinada a la economía ecológicamente insustentable
de mercado, que condena a los pobres a la precariedad y el miedo a la
exclusión, donde impera la alienación, el egoísmo y la religión del dinero,
con las gentes pasivamente sometidas a una cultura televisiva enajenante
que aísla, degrada lo humano, promueve la vulgaridad y el exceso sensual,
y termina por legitimar la violencia.
La noción de dukkha social me es, por lo tanto, claramente evidente en
la realidad de mi país, así como las pavorosas dimensiones institucionalizadas
y societarias de los tres fuegos denunciados por el Buddha (la codicia,
el odio y el engaño). Gracias al análisis buddhista de la condición humana,
advertí que es posible reconstruir sobre nuevas bases la resistencia contra
la destructividad del capitalismo y tener elementos para la comprensión
de las causas del profundo fracaso de los intentos por superarlo que tuvieron
lugar durante el trágico siglo 20, que en realidad dieron lugar a regímenes
totalitarios y sociedades alienadas, sin relación con la antigua esperanza
de construcción de una sociedad emancipada, justa e igualitaria.
La crisis global a la que el modelo de civilización capitalista-productivista-patriarcal
ha conducido a la humanidad y a la vida sobre el planeta, está generando
una nueva radicalidad transformadora que se expresa en toda la riqueza
y diversidad de los nuevos movimientos sociales de emancipación, supervivencia
y resistencia. Estoy convencido de que, en este proceso de reconstrucción
de una alternativa a la inhumanidad e insustentabilidad del actual modo
de producción, de consumo y de vida, la refundación ecológica del marxismo
propuesta por intelectuales como James O'Connor, Ted Benton, Francisco
Fernández Buey y por muchos activistas de la izquierda verde constituye
un aporte imprescindible para la comprensión estructural de la opresión
ecosocial y la necesidad de su superación radical.
Creo que mi conversión al buddhismo está vinculada con la convicción que
tengo sobre la necesidad de rescatar la preciosa herencia de la minoritaria
tradición marxista de romanticismo revolucionario que Michael Löwy ha
estudiado (2), es decir, la crítica romántica a la modernidad burguesa
en nombre de valores sociales y culturales precapitalistas, comunitarios,
que cierta izquierda libertaria ha venido haciendo desde sus orígenes
a través de figuras como William Morris, Walter Benjamin, E. P. Thompson
y Raymond Williams. Por supuesto, esta corriente crítica no tiene relación
alguna con la vulgar ideología "marxista-leninista" que era
empleada para justificar las prácticas opresivas y destructivas que las
dictaduras estatalistas e industrial-productivistas autodenominadas "socialismo
real" perpetraron en nombre del progreso.
Me siento feliz de ser a la vez seguidor de la Enseñanza y marxista. Me
gusta el ejemplo del Dr. Ambedkar, y su resuelta lucha por los antiguos
ideales de Libertad, Igualdad, Solidaridad. Al hacerme Theravadin he comprendido
que para un militante anticapitalista del siglo 21 son fundamentales la
transformación personal y moral, subrayada tempranamente por el filósofo
español precursor del ecosocialismo Manuel Sacristán, y la espiritualidad,
como Roger Gottlieb ha mostrado (3).
No es fácil hacerse buddhista donde yo vivo, por la carencia de libros
y la inexistencia de comunidades de seguidores del Dhamma. No he tenido
la oportunidad de aprender Vipassana, por ejemplo. Incluso, se corre el
riesgo de ser confundido con los consumidores de las variantes ramplonas
y narcisistas de pseudo-espiritualidad que se difunden mercantilmente
en el marco de la industria cultural postmoderna. En estas condiciones
de relativo aislamiento, Internet ha sido una buena ayuda.
En nuestro continente, el cristianismo va a seguir siendo la religión
predominante, cuya principal denominación -la Iglesia Católica- ha dado
un giro conservador reprimiendo a los sectores que desarrollaban la Teología
de la Liberación. Entre las clases subalternas, está creciendo el pentecostalismo,
que mayoritariamente reviste formas socialmente regresivas, como muestra
el caso de la dictadura genocida del General Efraín Ríos de Guatemala
y el apoyo de los principales líderes pentecostales de mi país, agrupados
en el Consejo de Pastores, a la dictadura de Pinochet. Por supuesto, yo
me siento cerca de muchos cristianos que también luchan por una nueva
comunidad emancipada, justa y pacífica, cuya economía reorientada al servicio
de las necesidades humanas verdaderas permita la reconciliación con la
naturaleza.
(Dedicado con metta a Alberto Kohen, compañero marxista de Buenos Aires
que está enfermo, y a Santikaro Bhikku, quien amablemente respondió mis
e-mails enviados ansiosamente desde el otro lado del mundo)
(1) Peter Harvey, El budismo, Cambridge University Press, Madrid 1998
(2) Michael Löwy/Robert Sayre, Revolte et melancolie : le romantisme a
contrecourant de la modernité, Payot, Paris, 1992
(3) Roger S. Gottlieb, Marxism 1844-1990 Origins betrayal rebirth, Routledge,
New York-London, 1992
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