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En el sur del Sur: Buddhadhamma, crítica marxista de la modernidad y ecología política en el corazón de un militante rojiverde chileno

José Antonio Vergara     joseav@llanchipal.cl

 

Mi experiencia personal de reciente inicio en el camino del Dhamma se inscribe, por supuesto, en el fenómeno actual de difusión del buddhismo hacia / en Occidente. Sin embargo, yo soy habitante de "Extremo Occidente", América Latina, una de las regiones del planeta donde la destructividad social y ecológica de la civilización capitalista se muestra en toda su crudeza. La situación de personas como yo seguramente es diferente en muchos aspectos de la que tienen quienes forman parte del movimiento conocido como American Buddhism, noción que en realidad no nos incluye, porque el termino corresponde al uso habitual del nombre en el Norte, según el cual América es Estados Unidos.

Nuestro subcontinente es una vasta y compleja región que, a pesar de su heterogeneidad geográfica, demográfica y socioeconómica, es susceptible de ser identificada como una unidad lingüística, cultural y geopolítica caracterizada por el subdesarrollo, la desigualdad, la injusticia y la exclusión social. Desde sus orígenes, la región ha estado sometida a fuerzas externas, a partir de su fundación e incorporación mediante genocidio y etnocidio a la civilización cristiana occidental por parte de los colonialismos español y portugués. Mas adelante en la historia, durante todo el siglo 20, los pueblos de América Latina han sufrido bajo la dominación de otro poder imperial que en nombre de la democracia, la libertad y el progreso, ha actuado de las más diversas formas protegiendo sus intereses económicos, políticos y militares, perpetuando la pobreza mediante el intercambio desigual, potenciando la opresión a cargo de las elites locales (muchas veces a través de dictaduras cruentas y terrorismo de Estado), imponiendo su ideología y concepción del mundo. En ocasiones, ha procedido directamente a la invasión de países.

En el actual proceso de modernización neoliberal e incorporación subordinada de América Latina a la globalización en beneficio de las transnacionales, se ha profundizado la hegemonía cultural estadounidense en la región, la que sin embargo se expresa casi exclusivamente a través de la McDonaldización, es decir, la uniformación en la ideología y patrones de comportamiento propios de un modo de vida patógeno, vacío, sin vínculos sociales genuinos, caracterizado por el consumismo y el individualismo, y que genera graves problemas psicosociales. Fenómenos de contestación a esa alienación, banalización y deshumanización de la existencia que han surgido en los Estados Unidos no han tenido aún una expansión importante hacia el "patio trasero", a pesar de la importancia social y cultural que han tenido.

Por ejemplo, aún teniendo educación universitaria completa y formando parte de un estrato social integrado en la clase media urbana supuestamente bien informada, hasta julio de 1999 mi ignorancia acerca del buddhismo era total, lo que probablemente refleja el hecho de que en esta región periférica la religión cristiana y en particular la Iglesia Católica ha ejercido históricamente una amplia hegemonía, a pesar de la tendencia a la secularización que ha acompañado a la modernidad. En esa ocasión encontré por azar en una librería de la capital de mi país la traducción española de un texto que parecía dar garantías de tratamiento serio del tema (1), y que decidí comprar por razones estrictamente de conocimiento general, en virtud de cierto interés crítico y sociológico que desarrollé por el fenómeno religioso, desde una perspectiva marxista y atea.

Fue sorprendente descubrir, en contra de mis prejuicios, una tradición espiritual y ética que me interpretaba plenamente en su apelación a la moralidad en la práctica personal y social, orientada por principios como la bondad, la compasión hacia todos los seres sintientes, la no violencia, la defensa de la vida, la responsabilidad y la pureza, y que partía del reconocimiento de una realidad tan humana y universal como dukkha. Yo había atravesado experiencias graves de sufrimiento psicológico (dos episodios de depresión mayor), a partir de las cuales aprendí que no era fortaleza suficiente -para soportar la aflicción y el dolor- la visión épica de mi mismo como integrante de la "gran marcha" libertaria de la humanidad que fundaría una sociedad nueva y justa, idea que forma parte del patrimonio ético de la tradición de izquierda, ilustrada por múltiples y conmovedores ejemplos de reciedumbre moral y resistencia de héroes como el Che Guevara. Comprendí nuestra vulnerabilidad, nuestra necesidad de refugio.

Por una parte, el carácter no-teísta del Dhamma, su ausencia de dogmas o misticismos irracionales y la lúcida explicación contenida en las Cuatro Nobles Verdades acerca de la existencia del sufrimiento, sus causas y el camino para la liberación del mismo fueron elementos altamente motivadores para iniciar este camino de espiritualidad y tomar refugio en el Buddha, en el Dhamma y en la Sangha. Probablemente por las mismas razones me dí cuenta rápidamente de que me sentía más cerca de la tradición Theravada, cuyas sencillez y persistencia milenaria me fascinaron, y próximo también a un buddhismo escéptico, que no requiere la creencia en seres sobrenaturales ni en una interpretación del renacimiento contraria a la biología.

Junto a todo esto, fue decisivo para mi conversión el hecho de descubrir la existencia del buddhismo socialmente comprometido. Yo crecí en un país del Tercer Mundo que vivía la tragedia de una dictadura cruel que mediante la violación sistemática de los Derechos Humanos, la manipulación ideológica y la exaltación del consumismo procedía a la refundación neoliberal del capitalismo, tarea en la que tuvo éxito al generar una sociedad profundamente fragmentada e insolidaria, subordinada a la economía ecológicamente insustentable de mercado, que condena a los pobres a la precariedad y el miedo a la exclusión, donde impera la alienación, el egoísmo y la religión del dinero, con las gentes pasivamente sometidas a una cultura televisiva enajenante que aísla, degrada lo humano, promueve la vulgaridad y el exceso sensual, y termina por legitimar la violencia.

La noción de dukkha social me es, por lo tanto, claramente evidente en la realidad de mi país, así como las pavorosas dimensiones institucionalizadas y societarias de los tres fuegos denunciados por el Buddha (la codicia, el odio y el engaño). Gracias al análisis buddhista de la condición humana, advertí que es posible reconstruir sobre nuevas bases la resistencia contra la destructividad del capitalismo y tener elementos para la comprensión de las causas del profundo fracaso de los intentos por superarlo que tuvieron lugar durante el trágico siglo 20, que en realidad dieron lugar a regímenes totalitarios y sociedades alienadas, sin relación con la antigua esperanza de construcción de una sociedad emancipada, justa e igualitaria.

La crisis global a la que el modelo de civilización capitalista-productivista-patriarcal ha conducido a la humanidad y a la vida sobre el planeta, está generando una nueva radicalidad transformadora que se expresa en toda la riqueza y diversidad de los nuevos movimientos sociales de emancipación, supervivencia y resistencia. Estoy convencido de que, en este proceso de reconstrucción de una alternativa a la inhumanidad e insustentabilidad del actual modo de producción, de consumo y de vida, la refundación ecológica del marxismo propuesta por intelectuales como James O'Connor, Ted Benton, Francisco Fernández Buey y por muchos activistas de la izquierda verde constituye un aporte imprescindible para la comprensión estructural de la opresión ecosocial y la necesidad de su superación radical.

Creo que mi conversión al buddhismo está vinculada con la convicción que tengo sobre la necesidad de rescatar la preciosa herencia de la minoritaria tradición marxista de romanticismo revolucionario que Michael Löwy ha estudiado (2), es decir, la crítica romántica a la modernidad burguesa en nombre de valores sociales y culturales precapitalistas, comunitarios, que cierta izquierda libertaria ha venido haciendo desde sus orígenes a través de figuras como William Morris, Walter Benjamin, E. P. Thompson y Raymond Williams. Por supuesto, esta corriente crítica no tiene relación alguna con la vulgar ideología "marxista-leninista" que era empleada para justificar las prácticas opresivas y destructivas que las dictaduras estatalistas e industrial-productivistas autodenominadas "socialismo real" perpetraron en nombre del progreso.

Me siento feliz de ser a la vez seguidor de la Enseñanza y marxista. Me gusta el ejemplo del Dr. Ambedkar, y su resuelta lucha por los antiguos ideales de Libertad, Igualdad, Solidaridad. Al hacerme Theravadin he comprendido que para un militante anticapitalista del siglo 21 son fundamentales la transformación personal y moral, subrayada tempranamente por el filósofo español precursor del ecosocialismo Manuel Sacristán, y la espiritualidad, como Roger Gottlieb ha mostrado (3).

No es fácil hacerse buddhista donde yo vivo, por la carencia de libros y la inexistencia de comunidades de seguidores del Dhamma. No he tenido la oportunidad de aprender Vipassana, por ejemplo. Incluso, se corre el riesgo de ser confundido con los consumidores de las variantes ramplonas y narcisistas de pseudo-espiritualidad que se difunden mercantilmente en el marco de la industria cultural postmoderna. En estas condiciones de relativo aislamiento, Internet ha sido una buena ayuda.

En nuestro continente, el cristianismo va a seguir siendo la religión predominante, cuya principal denominación -la Iglesia Católica- ha dado un giro conservador reprimiendo a los sectores que desarrollaban la Teología de la Liberación. Entre las clases subalternas, está creciendo el pentecostalismo, que mayoritariamente reviste formas socialmente regresivas, como muestra el caso de la dictadura genocida del General Efraín Ríos de Guatemala y el apoyo de los principales líderes pentecostales de mi país, agrupados en el Consejo de Pastores, a la dictadura de Pinochet. Por supuesto, yo me siento cerca de muchos cristianos que también luchan por una nueva comunidad emancipada, justa y pacífica, cuya economía reorientada al servicio de las necesidades humanas verdaderas permita la reconciliación con la naturaleza.

(Dedicado con metta a Alberto Kohen, compañero marxista de Buenos Aires que está enfermo, y a Santikaro Bhikku, quien amablemente respondió mis e-mails enviados ansiosamente desde el otro lado del mundo)



(1) Peter Harvey, El budismo, Cambridge University Press, Madrid 1998
(2) Michael Löwy/Robert Sayre, Revolte et melancolie : le romantisme a contrecourant de la modernité, Payot, Paris, 1992
(3) Roger S. Gottlieb, Marxism 1844-1990 Origins betrayal rebirth, Routledge, New York-London, 1992

 

 
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